Nos falta el agua, pero nos abunda la solidaridad

Yeiron Daniel es un ejemplo de sobrevivencia, es un ejemplo de esos niños a los que las eventualidades les caen en las manos y como por instinto, solo les hacen frente, sin ser conscientes de que están luchando. Pese a que la vida es dura, la solidaridad no mengua.

Yeiron llegó cargando 9 litros de agua en botellas de refresco, desde su casa hasta el patio de la casa de Ubil Méndez, un hondureño que vive en Estados Unidos y quién de forma solidaria le ha prestado su casa en La Unión, Vallecillos a don Licho, mi tío.

Mi familia y yo que llegábamos de visita hasta donde “tío Licho”, entramos en desesperación al saber que no había agua ni para beber, ya que durante la Semana Santa la comunidad tenía escasez de agua debido a la baja en las afluentes naturales de donde se extrae este bien común. Y sumado a ello, había diversas tuberías rotas, que a nivel de autogestión la comunidad debe arreglar para asegurar el suministro.

Desde la casa de Yeiron hasta donde Ubil el camino solo es “cuesta arriba” (como su realidad), casi un kilómetro de distancia en una subida que parece interminable para quienes en la ciudad solo caminamos 15 minutos al día… En el hogar de Yeiron los recursos económicos son escasos, su padre es una persona con discapacidad debido a una afección física en la columna que le impide trabajar, con mucho esfuerzo la familia logra sobrellevar la crisis económica que en las comunidades cafetaleras se agudiza una vez que pasa la temporada de cortas de café.

Fotografía de Yeiron con mi sobrino mientras almorzaban.

Yeiron tiene 11 años y es la mitad de grande que mi sobrino que vive en la ciudad y que también tiene 11 años. Nos contó que él había cargado de la montaña al pueblo; unas 400 libras de café (4 quintales) a una señora de la comunidad, para lograr ganarse unos 120 lempiras (casi 6 dólares), A quien no parece que el trabajo del campo y la alimentación deficiente no impacta en el desarrollo de los niños, es que no sabe de precariedad y nutrición.

Conocimos al Yeiron solidario y no al “niño tremendo” como dice su familia porque él es hiperactivo; sin saberlo, este niño alegre y platicador, junto a su familia, nos regalaron el bien más preciado que como humanos podemos aún poseer, agua.
Como dice mi madre, quien también es oriunda de Vallecillos y que hace esfuerzos enormes por volver cada tanto al pueblo que mi abuela amaba, “no cabe duda que no da el que tiene, sino el que quiere y quien desde la abundancia de su corazón comparte” y este es un claro ejemplo.

“El peque” nos contó que tuvo una hermanita que murió a los 20 meses de vida, debido a la “basca” (vómito) y diarrea; sucede que en esta Honduras las enfermedades diarreicas son mortales para las y los niños, hace 10 años era una de principales causas de muerte para los menores de 5 años. En las comunidades rurales donde la industria extractivista e hidroeléctrica contamina cada vez más las fuentes de agua, las enfermedades diarreicas y cutáneas son persistentes.

Una de las quebradas de Vallecillo con carencia de agua.

Vallecillos es un municipio de caficultores y agricultores por excelencia, y aunque aún hay fuentes de agua que se mantienen limpias, pese a que en Agalteca, un pueblo cercano, hace poco hubo una mina de extracción de óxido de hierro que dejó más daño que ayuda; por esta razón, los bienes hídricos como el agua limpia cada vez son menos.

Aquellas 3 botellas con agua nos mostraron el cariño y la solidaridad de la familia de Yeiron, y nos recordaron los privilegios que tenemos, que poco apreciamos y que incluso pocas veces compartimos. Y no hablo del acceso al agua únicamente.

Fotografía de mis sobrinos y Yeiron mientras jugaban UNO.

Las niñas y niños citadinos de mi familia conocieron a un nuevo amigo, que se quedó a compartir churritos con nosotros, que aprendió a jugar UNO con quienes la tecnología y a veces el ocio en las ciudades nos obliga a buscar “tiempo de calidad en familia”, como si estar juntos no fuera un bendición por sí misma… Yeiron llegó en los siguientes días, y con él tortillas recién hechas, el agua que gracias a Dios bajó de la montaña y ya no de su espalda y definitivamente con él, también siguió llegando para nosotros una enorme lección de vida.

La vida, no siempre es mágica para todos, pero hay quienes con todo en contra se levantan y lo intentan, el sistema en que vivimos les llama a estas personas resilientes, cuando en realidad son sobrevivientes de la desigualdad y la injusticia social. Yeiron a sus 11 años trabaja y estudia para aportar en su familia, son los únicos en su comunidad que no tienen energía eléctrica, por no poder pagar un “pegue de luz” y el servicio cada mes.

No, su familia no es digna de lástima, es merecedora de todo mi agradecimiento y admiración, nos regalaron vida, nos regalaron hospitalidad, nos regalaron amor de cristianos y un recordatorio de que debemos contar estas historias de amor, empatía y lucha, porque a esta Honduras cada vez más desesperanzada, le hace falta recordar que sólo unidas y unidos podemos transformar nuestras realidades.

Es fácil romantizar la desigualdad y no enfocarnos en la vulneración de los derechos fundamentales de miles de familias como la de Yeiron, a quienes, con una persona con discapacidad, el Estado les ignora y no les brinda oportunidades, ni asistencia. Sin embargo, tampoco puedo con este escrito, eclipsar la riqueza en el corazón de Yeiron y su gente.

Si te gustaría colaborar con Yeiron y su familia, por favor comunícate con nosotros.

Por Pamela Sánchez/ Periodista

“soy mujer, feminista y activista comunitaria, creo en el poder de las personas para generar cambios en sus vidas y en sus entornos; y que una Honduras diferente es posible”

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