Perspectivas de las migraciones rurales en Honduras

“Cuando nos llamaron ya estaba en Estados Unidos, junto a la familia; hasta ahí sentimos tranquilidad, aunque eso nos traería alegría y desarrollo para la familia, también implica no verlo por mucho tiempo”– María, campesina y madre de tres hijos.

“Si mi marido no se hubiera ido, no tendríamos todo lo que tenemos ahora, él en Estados Unidos logró todos los sueños que teníamos como familia, soñábamos con comprar tierras, tener una buena casa o un negocio” – Delmy, ganadera.

En las comunidades rurales de Honduras se percibe la soledad y tristeza, y Los Olanchitos, Jutiapa, Atlántida no es la excepción. Aquí hay decenas de madres sin hijos, sin esposos, sin hermanos y viceversa. Escuelas cada vez con matrículas más bajas, encuentros comunitarios al borde del vacío, casas cerradas, incluso familias completas que se van en busca de un mejor futuro, de la integración familiar y algunos huyendo de la violencia.  

A través de la historia podemos darnos cuenta de que el ser humano, ha sido nómada; y por diversos motivos han debido abandonar sus lugares de origen para ingresar en otros territorios. Para países de Latinoamérica, los principales motivos que han impulsado los flujos migratorios son: los fenómenos de la globalización, violencia armada, pobreza, desastres ambientales, conflictos políticos. Estos han   impulsado el movimiento migratorio, de cientos de millones de personas, moviéndose a países de Norteamérica, países vecinos y Europa principalmente, y el desplazamiento interno.

Como joven activista de los derechos humanos y conocedora de la realidad que vivimos los jóvenes en Honduras, me doy cuenta de que esta decisión de migrar no es mayormente voluntaria sino más bien un desplazamiento forzado por los motivos antes expuestos. Hay miles de jóvenes que con esfuerzo terminan sus estudios secundarios o universitarios y al momento de insertarse a la vida laboral no hay fuentes de empleo, no hay oportunidades de desarrollo. Sin dudarlo que estas situaciones impactan mayormente a los que viven en situaciones de vulnerabilidad como la pobreza extrema, los provenientes de comunidades rurales e indígenas al tener frente a ellos un camino incierto.

Analizando el papel que juegan estas personas en cada país tránsito y en el que se asilan, como antesala los desafíos que deben pasar como la alteración de su entorno social, económico y cultural habitual, exclusión, marginación cultural, discriminación por ser migrantes y exclusión institucional que los limita a ciertos derechos humanos.

La narrativa errada que se tiene de las personas migrantes es la debilidad e incapacidad para llevar a cabo ciertos trabajos calificados, la invasión de sus países o el desprecio por su apariencia física e incluso por no hablar cierto idioma. Para ciertas personas esos prejuicios están llenos de discriminación, violencia y xenofobia.

Desde una perspectiva positiva de ver a los migrantes lo ideal debe ser ver su gran capacidad de empoderamiento, de resiliencia, de su creatividad socioeconómica y la fuerza laboral con la que a través de su presencia y acciones ayudan con la productividad, al crecimiento económico y desarrollo de las naciones.

Y entonces las comunidades rurales que parecen fantasmas y desoladas antes mencionadas, respiran por ahí, esperanza y sueños por cumplir a espera de un poco de “desarrollo” después que tengan que atreverse a salir por unos años y volver para cumplirlos.

Es tiempo que se nos cumplo lo que tanto han prometido las instituciones políticas, como el acceso a educación de calidad, la salud y oportunidades de desarrollo donde los jóvenes de las comunidades rurales principalmente podamos tener un empleo, una ocupación y no tengamos que acudir a la última opción que es la migración o el desplazamiento a las ciudades.

Finalmente quiero expresar que este espacio y desde mi postura personal defiende los derechos humanos y ante los flujos migratorios queremos seguir expresando nuestras voces para promover la creación de políticas públicas incluyentes para todos los jóvenes, para los que vivimos en las comunidades rurales y especialmente para proteger a quienes huyen de la violencia y la marginación social. 

Por: Lesbia Gisela Soriano/Activista Social

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